Si hace casi tres décadas alguien me hubiera dicho que mi mundo entero se resumiría en el sonido de un salón lleno de niños aprendiendo a usar una computadora, tal vez no habría dimensionado la enorme fortuna que el destino me tenía guardada. Hoy, al mirar atrás y contar 27 años dedicados a enseñar cómputo en primaria, mi corazón no hace más que desbordarse de una felicidad profunda y un orgullo que apenas me cabe en el pecho.